Suma y resta
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Dos no discuten si uno no quiere

La tercera planta del parking del edificio era un lugar que no era cómodo. Llevaban enterrados vivos desde hacía más de veinticuatro horas y el oxígeno se estaba consumiendo a marchas forzadas. Conocía de vista a las tres personas que estaban sepultadas con él bajo los escombros de lo que había sido un edificio de dieciocho plantas y que era la sede central del Banco Toledano.

Felipe Rodríguez había calculado todo pero había cometido un error. La explosión que había provocado el derrumbe se había producido antes de tiempo y él no tenía que estar allí. Era un hombre meticuloso y no solía dejar nada al azar, pero se había equivocado en el cálculo del tiempo que tenía para salir de allí antes de que su explosión controlada colapsase el edificio provocando su derrumbe.

***

         Felipe llevaba trabajando en el banco desde hacía más de veinte años. Antes  de ese trabajo había ido dando tumbos de un trabajo a otro sintiendo que aún no había encontrado su sitio. De hecho, entró a trabajar en el banco  gracias a un trabajo de fontanería que su empresa les realizó. Su forma de implicarse hizo que los directivos del banco se fijasen en él para tener a una persona que se ocupase del mantenimiento de la sede central. Aceptó la oferta sin dudarlo.

El Banco Toledano era una entidad que trabajaba al margen de los grandes holdings financieros con una política estricta de selección de clientes. Felipe fue un valor añadido a la calidad que la entidad pretendía ofrecerles.

Como en todas las empresas nadie era imprescindible pero  supo crear la sensación de que él lo era. No le costó mucho trabajo medrar. Todos sus compañeros eran oficinistas puros y duros; Economistas, administrativos, abogados y Felipe era la persona que solucionaba todos los problemas que genera un edificio. Era una persona muy observadora y no tardó en descubrir que nadie se ocupaba de centralizar la gestión de los materiales que necesitaba una oficina  que pretendía ser moderna. Así comenzó a ocuparse de los pedidos de material de oficina, de mobiliario o de material informático,  liberando a los jefes de responsabilidades. Las secretarias también agradecieron verse libres de tener que ocuparse de lo que necesitaban para poder trabajar.

Todo esto hizo que su relación con los dueños de la  empresa fuese creciendo en confianza y amistad con el paso del tiempo.  Era un hombre popular y realmente importante en el día a día del banco. Antes de llevar dos años en el puesto se produjo una reestructuración de la entidad. Las leyes del sector, por su volumen de fondos, les obligaban a convertirse en una empresa totalmente distinta, lo que hizo que todo se hiciese más complejo y estructurado. Ese fue el motivo por el que los dueños le ofrecieron el cargo de Jefe de Servicios Generales. Ahora su trabajo ya no era ocuparse de un edificio sino que atendía a todas las sucursales de España.

Siempre había sido una persona responsable y entregada a lo que hacía. Sabía que el trabajo era el sustento para que a María Jesús, su mujer, y a Daniel y Victoria, sus hijos, no les faltase de nada. Era feliz en su trabajo y en menos de una década había pasado, de ser un chapuzas, a  ser jefe de un departamento vital para el funcionamiento de una gran empresa moderna.

Su vida privada era algo que no tenía nada que ver con el hombre serio, de porte aristocrático, que cada mañana se presentaba en las oficinas. No mantenía mucha relación con los compañeros fuera del trabajo. Era una persona muy sociable y familiar. Tenía tres grandes amores. Su familia y amigos, el baile y su Real Madrid por el que sentía verdadera pasión.

El baile era algo que le hacía sentirse bien y le permitía dar a su vida un sentido del ritmo que desde niño su madre le había inculcado. Ella siempre le decía: “Felipe, hijo. La vida es como el baile, si tú sabes dónde poner los pies al ritmo de la música siempre saldrás airoso del paso” y durante mucho tiempo no lo entendió hasta que una noche en el Templo, un local que le encantaba para salir a bailar, entendió lo que quería decir su madre. A partir de ese día ese fue uno de sus lemas y procuraba vivir la vida al ritmo que ocurrían las cosas, listo siempre para dar el paso adecuado.

Durante unos años su vida fue como  una autopista que tenía como destino la felicidad. Sus hijos no le dieron demasiados problemas, y él y María Jesús  vivían su matrimonio en una agradable discusión que solía finalizar con una sonrisa de su esposa o un beso de Felipe.

***

         En el año dos mil siete la situación comenzó a cambiar. El mundo financiero había consolidado una posición en la que casi todos los españoles éramos propiedad de los bancos gracias a las hipotecas. La sociedad se movía a impulsos financieros y las grandes empresas jugaban con una burbuja que estaba a punto de explotar y que nos mostraría lo sucio que se había vuelto el entramado político de los ayuntamientos y de la clase política en general.

En el banco se produjeron cambios sobre todo a raíz de la Opa de compra que lanzó el Banco Angosto que adquirió la entidad. Ese  día los dueños llamaron a los directivos y a Felipe a la sala de consejos. Felipe ordenó todos los preparativos para una reunión de  alto nivel sin saber lo que pensaban contarles. La reunión fue un monólogo de Don Enrique De Guerlain fundador y presidente del Banco Toledano. Era un discurso de despedida. Los tiempos estaban cambiando y en el sector no había lugar para unos caballeros como eran los propietarios.

Pese a la tristeza que aquello les produjo, el mensaje de aquel hombre fue de esperanza. Los nuevos  propietarios eran un Banco con sucursales en todo el mundo. En las negociaciones, llevadas bajo el mayor de los secretos, el compromiso de los nuevos propietarios era mantener el cien por cien del personal, verdadero valor de aquel Banco, según Don Enrique.

Después de la reunión se sirvió un ágape y fue como si se celebrase la jubilación de un compañero. No fue la más alegre de la las fiestas. Se terminaba una era. Los directivos estaban preocupados por que Don Enrique entendía de cuentas y de dinero pero no de tiburones de los negocios. Los tiempos en que la palabra era ley y un apretón de manos un contrato eran cosa del pasado.

Felipe vivió aquella época con incertidumbre. Sus amigos y compañeros durante tantos años fueron desapareciendo en menos de doce meses. El Banco Angosto era una empresa más fría e impersonal. Lo curioso fue que, durante todo ese año, él no  tuvo problemas y continuó dirigiendo el departamento sin ningún tipo de injerencia. En pocos meses se hizo con el control  de todo y su trabajó se vio reconocido con un aumento  de funciones y sueldo.

Pero como a los demás, al final, el cambio comenzó a pasarle factura y todo se torció definitivamente una mañana de septiembre del año dos mil nueve. Las noticias bursátiles eran horrorosas y las hipotecas comenzaban a lastrar los resultados económicos. Esa mañana debía haberse callado en vez de ser él mismo. Tampoco le habría costado demasiado no responder a la provocación de aquel joven directivo de melenita gominosa.     El joven prepotente solo pretendía descargar las tensiones de una situación que le desbordaba. El mayor problema fue que no conocía el fuerte carácter de Felipe y menos aún su rapidez mental.

Todo se inició con un par de comentarios despectivos de Borja, que así se llamaba el economista, hacia el trabajo de Felipe en la empresa y este  no fue capaz de callarse, al darse por aludido. Respondió diciéndole que los verdaderos fracasados, en una crisis como aquella, eran los economistas. Así comenzó un intercambio de comentarios. A cada frase hiriente, recibía una respuesta, de Felipe, que hacía parecer más y más tonto a Borja. Todos los presentes observaban como el universitario estaba siendo derrotado por la sabiduría de la vida diaria, como los libros eran machacados por la inteligencia. El tono de voz del directivo fue subiendo y en el momento que se transformó en gritos iracundos, Felipe, muy tranquilo se levantó y sin subir nada la voz le dijo: “Dos no discuten si uno no quiere”. Se giró, sin dar lugar a que el otro, rojo por la ira y la vergüenza, pudiese contestar y le dejó con la palabra en la boca.

Según se dirigía a la planta donde tenía el despacho pensó que aquel triunfo no era tal salvo de cara a la galería. Lo que era una tontería se había transformado en un verdadero problema. Conocía a ese tipo de personas y después de que se tragase la cicuta, que Felipe le había hecho tomar, ese hombre se habría convertido en un enemigo contra el que no tenía armas. Estaba claro que había firmado su despido del Banco. No sabía cuánto tiempo le quedaba aun allí, ni lo que tardaría en lograr despedirle.

***

Felipe  tenía ya cincuenta y nueve años. No podía permitirse el lujo de quedarse en la calle con esa edad. Tenía que tomar decisiones y tenía que tomarlas rápido. Ser una persona de confianza le había dado acceso a información privilegiada. Tenía que ser cauto y debía actuar con rapidez.

En su mente ya se comenzaban a diseñar los pasos a dar para que si lograba despedirle, aquel individuo no lograse una victoria y que  al final supiese que en realidad Felipe, al que despreciaba por ser más mayor y más inteligente que él, le había vencido. Sabía que la solución a esa situación no era cuestión de días.

El joven era un directivo de tercer nivel, pero Felipe tenía claro que estaba predestinado a los puestos más altos, incluso a presidir la entidad. No tardaron en cumplirse sus presagios y, Cuando nombraron a Borja subdirector, desde aquel día su situación en el Banco comenzó a cambiar a peor. No eran cambios sustanciales, pero empezó a recibir circulares que le restaban autoridad y competencias.

Felipe no tenía nada contra el Banco que había sido toda su  vida. En general su relación con todo el mundo no había cambiado y decidió  hablar con el presidente. El hombre que regia aquella entidad no tenía ni la clase ni el Don de Gentes del fundador del Banco Toledano. Después  de escucharle por compromiso le respondió que aquellos no eran sus problemas y le sugirió que se humillase ante el joven directivo. Fue la gota que colmo el vaso.

***

         El aire en el parking se estaba enrareciendo y  las esperanzas de que les rescatasen con vida cada vez eran menos. Había sido un milagro que las vigas hubiesen soportado el peso, al menos el de aquellas dieciséis  plazas. La planta baja del garaje tenía capacidad para  trescientos sesenta vehículos. Felipe no entendía como no se había hundido también esa zona.

Había calculado la hora  y el día de la demolición del edificio de forma que no quedase  en su interior más personal que aquellos directivos que ignoraban el capital humano de la empresa y que no  se merecían su preocupación. Eran cinco personas perfectamente prescindibles y, además, tenía la certeza de que serían sustituidos por otros igual o peor que ellos. No quería causar víctimas entre el personal y estaba seguro que no las habría; en eso se había equivocado.

Aparte de los cinco directivos,  en esa reunión mensual  donde se trataban temas que tenían poco que ver con el funcionamiento del banco, se encontraban unas diez personas más. Si hubiese programado la explosión para medía hora después habría logrado su fin sin más víctimas que los objetivos.

Aquellas tres personas le daban pena. Las dos mujeres se miraban asustadas. Una de ellas estaba muy malherida, varios órganos vitales estaban afectados después de quedar atrapada bajo un montón de piedras del que la habían rescatado para que esperase una muerte lenta. El hombre, era un joven economista, permanecía en estado de shock. Todo un futuro de éxito se había derrumbado con ese edificio.

Quería ayudarles pero no veía como. Nunca había sido un genio de las relaciones sociales. Igual si les contaba su historia lograría distraerles de la realidad de su futuro. La batería del coche que les había permitido tener luz se estaba agotando y cada vez todo estaba más oscuro. Aún les quedaba el coche de la mujer malherida que también estaba intacto. El coche de Felipe estaba sepultado bajo varias toneladas de escombros. Felipe pensó en las bolsas con dinero que estaban en el maletero. El último que había sacado de la sucursal esa misma mañana.

***

Aquella noche, mientras María Jesús dormía, no dejó de pensar en cómo su entrega y dedicación se  veían recompensadas con el menosprecio y la indiferencia. Aquella gente era la nueva clase financiera del país. O eras como ellos ó no eras nada. El Presidente del Banco, con su actitud, fue quien le decidió a estudiar la forma de que pagasen su prepotencia. Podía acudir a los sindicatos pero  estos eran de la misma calaña que los directivos. Estaba dispuesto a darles una lección.

A partir de ese día comenzó a valorar las distintas formas de poder sacar dinero de la sucursal sin que se diesen cuenta. Solo pensaba en que algún día, cuando ya no pudiesen hacer nada,  se diesen cuenta y se les quedase cara de tontos. En un principio no pensaba hacer un desfalco enorme, solo lo suficiente para que tuviesen que despedir a esos inútiles y asegurarse una buena jubilación.

Revisando las formas encontró una que no llamaría la atención. Desde siempre los padres, tíos y demás familiares solían abrir cartillas con pequeñas cantidades cuando nacía un niño o en cumpleaños y comuniones. Muchas de esas cartillas habían generado intereses y  la mayoría permanecían olvidadas. No tardó en encontrar la forma de trasladar esos fondos a una cuenta suya en otro banco.

Aquello le llevó un año y logró distraer unos trescientos veinticinco mil euros. La cartilla a la que transfirió los fondos era de María Jesús aunque ella nunca la comprobaba. Fue inteligente y no vacio todas las cartillas. Logro esa cantidad solo con un veinte por ciento del total. Mientras tanto el enfrentamiento con el nuevo subdirector cada día iba a peor y las humillaciones a las que este sometía a Felipe cada vez eran mayores.

Esa mañana no esperaba que le convocase a su despacho. El individuo cerró la puerta después de que Felipe entrase y le entregó una carta en la que le comunicaba su cese, como Jefe de Servicios Generales  y que pasaba a depender directamente de él. El tipejo sabía que dialécticamente tenía todo perdido con Felipe. Así que tiro de comunicado y ejerció la autoridad de los ignorantes. Tenía tres meses de plazo para cumplir con los objetivos que ese incapaz le pusiese o prescindirían de su servicio.

La sonrisa en la cara del directivo no duro mucho, ya que la sonrisa irónica de Felipe indicaba que no se humillaba. Se fue acobardando porque, esa sonrisa, era como una amenaza. Aquella orden era la culminación de su odio hacía su rival pero lo que no se había dado cuenta era que con esa orden había despertado la bestia que habita en el interior de cada persona. El cerebro de Felipe estaba funcionando a mil revoluciones por hora.

***

         Desde que el Banco Angosto se había hecho cargo de la entidad la honestidad de los directivos no era la misma que durante la época  del Banco Toledano. Felipe tenía claro como podía perjudicar a esos individuos sin perjudicar realmente al Banco. Todavía tenía acceso privilegiado dentro de las oficinas y podía acceder a donde quisiese, como Jefe de Servicios Generales que había sido. Él era la única persona que podía acceder a la caja fuerte sin ser uno de los directivos.

El acceso estaba definido por niveles y los únicos que podían entrar en la cámara acorazada con un simple código eran los cinco directivos y él. Aunque el cese solo era de categoría que no de cometidos, Felipe fue previsor y copio los códigos antes de entregar todo lo que supusiese un privilegio. Era una orden directa con la que pretendían humillarle aun más.

La cámara estaba controlada con todos los sistemas posibles. Felipe llevaba entrando en ella desde hacía años y conocía todos sus secretos. Desde que llegó el nuevo equipo directivo no todo el dinero era el de los clientes. Cada día una cantidad cercana al medio millón de euros permanecía en una caja fuerte  anexa  que se cerraba con un código de cuatro cifras. El jamás preguntó porque cada mañana tenía que depositar ese dinero en su interior.

Aquellos viernes en los que se reunían los directivos, después de que saliese todo el personal, era cuando se vaciaba la  caja y se repartían el dinero. Felipe sabía que las cantidades que se sustraían eran escandalosas. Supo que ese era el mejor castigo para aquellos hombres.

Estaba claro que él no iba a ceder ante un incapaz y menos cuando le quitaba sueldo y cargo, pretendiendo que no dejase de cumplir con unas responsabilidades que ya no tenía. Hizo los cálculos y en dos meses podía hacerse con más de un millón y medio de euros. Solo tenía que ver como llevaba a cabo su plan.

***

         La primavera surgió llenando el alma de Felipe de ilusiones. Aquello no era un delito, aquello era justicia. Aquel día se levantó muy temprano y acudió a la oficina. El vigilante estaba acostumbrado a sus horarios y no le extrañó que llegase a esa hora.

Felipe, la tarde anterior había manipulado las cámaras con lo que no tenía que preocuparse porque pudiesen ver lo que haría en los próximos minutos. No necesitaba demasiado tiempo y quedaba más de una hora para que llegase el resto del personal. Primero fue a su despacho y cogió una bolsa de las que utilizaban en la recogida de material para reciclar de la oficina.

Después fue a las máquinas y sacó un par de cafés uno para él y otro para el vigilante. En breve le harían el relevo, pero seguro que lo agradecía. Siempre seguía ese protocolo cuando llegaba pronto a la oficina, de manera que el vigilante no estaba preocupado con la presencia de ese empleado, que además era el que hasta la fecha era el responsable del contrato de vigilancia.

— Buenos días, Señor Rodríguez. ¿Qué  temprano?— Para el vigilante seguía siendo el Jefe de Servicios Generales.

— Buenos días, Oscar. ¿Alguna novedad?— A la vez que saludaba le entregó el café, que el vigilante cogió  agradecido— Ya sabes luego llega el personal y no me dejan trabajar.

Intercambiaron un par de frases y Felipe se dirigió al cuarto de control del edificio. Un lugar donde estaba todo lo que hacía que esa oficina funcionase como un reloj. No supo por qué,  pero empezó a ponerse nervioso. Si alguien le pillaba era su perdición.

Después de dejar pasar cinco minutos, fue al despacho del presidente. El vigilante hacía rato que estaba entretenido rellenando los informes y preparando las novedades para su relevo. Desde allí, en silencio, procurando no hacer ruido, fue a la caja fuerte. Pulsó en el panel el código del directivo que le estaba amargando la vida y entró.

No tardo más de cuatro minutos en toda la operación. En la bolsa descansaban cien mil euros que escapaban al control de todo el personal de la oficina. Los directivos metían el dinero sin contarlo. Una vez al mes hacían recuento y repartían. No se darían cuenta hasta que fuese demasiado tarde.

Cuando salió de la cámara acorazada el corazón le latía desbocado.  Fue directamente al garaje y dejó la bolsa en su coche. Acababa de cerrar el maletero cuando sintió una mano en su hombro. La sangre se le heló y reaccionó asustado.

— Buenos días, Felipe— Al darse cuenta del susto que le había dado, el hombre trató de disculparse— Perdona, no  pretendía asustarte— Jacinto Heredia era un empleado que estaba a punto de jubilarse. Era el único que sabía por lo que estaba pasando su compañero.

— ¡Joder!, Jacinto. Casi me matas— Necesitaba saber que había visto, pero no se atrevía a preguntar. Su trabajo en el departamento de personal, desde la llegada de los nuevos dueños, tampoco era agradable, pero delatar a Felipe podía arreglar sus problemas en la empresa— No te había oído llegar.

— Acababa de aparcar cuando has ido hacia tu coche. Pensé que me habías oído salir del coche— Notaba a Felipe nervioso, pero desde que tuvo la discusión con el directivo había estado muy distante y taciturno.

Subieron charlando en el ascensor y Felipe se fue tranquilizando. El hombre tenía ganas de hablar de futbol. No sospechaba que su compañero estuviese sacando dinero de la entidad. Al llegar arriba solo quedaban diez minutos para que empezase a llegar el personal. Felipe se disculpó y fue al cuarto de control de cámaras, donde estaban los grabadores. La imagen que dejo en el servidor era de su rival. No quería dejar nada al azar y si algún día descubrían que faltaba dinero quería que ese prepotente pagase por su estupidez.

Cada dos días repetía la operación. Ninguna de las veces retiro de la caja más de cien mil euros. Tenía todo controlado. En cuanto le despidiesen no volverían a saber nada de él ni del dinero. María Jesús viviría como una reina el resto de sus días. No sentía culpabilidad solo satisfacción. Había sido un empleado ejemplar y solo estaba encargándose de recibir la compensación que merecía.

***

Miraba a aquellas tres personas y sintió pena. No se merecían aquello. Esa mujer necesitaba atención médica o moriría. Estaba convencido que no saldrían de allí. Después de la explosión, en el exterior, los equipos de emergencia trabajaban a destajo. Habían perdido un tiempo precioso pensando que no quedaba nadie más entre las ruinas, pero eso había cambiado cuando María Jesús, al ver que no llegaba su marido, dio la voz de alarma. No estaba entre los fallecidos y faltaban tres personas más. Solo quedaba un lugar en el que podían estar. Pero nadie pensaba que pudiesen estar con vida.

Felipe había estudiado a fondo como hundir el edificio y el estado del mismo jugaba a su favor. Tardarían tiempo en saber que había sido por obra de un ser humano. No tuvo que usar demasiado explosivo. El edificio estaba a punto de hundirse por fallos estructurales y él lo había dicho en múltiples ocasiones. Hasta  las compañías de seguros apostarían por esta posibilidad.

Ahora no había vuelta atrás. Tenía que haberse conformado con el dinero. Tenía que haber aceptado la humillación y ahora no estaría enterrado en ese garaje ni su vehículo destrozado con el dinero en su maletero. Pero lo peor eran esas tres personas. No sabía qué hacer. El no quería eso.

***

         Todo marchaba a la perfección. El plan se desarrollaba según lo había calculado. Era dinero sucio y nadie lo reclamaría. Estaba jugando con las cartas marcadas y esos idiotas no se enteraban de nada. Pero esa satisfacción fue la que jugó en su contra.

El joven directivo no lograba su propósito de humillarle. Era un niño mimado acostumbrado a lograr todo lo que se proponía y Felipe le estaba causando demasiados dolores de cabeza. El joven se enteró de que lo que más le gustaba a ese empleado, al que no conseguía doblegar, era bailar. Estaba dispuesto a joderle y se informó de todo lo que tenía que ver con el baile; dónde, y, a qué horas. Ahora sabía cómo amargarle sin que el pudiese hacer nada.

Habló con su padre, gracias al cual, ese banco obtenía ayudas políticas de las que el resto carecía y a quien el presidente del banco le debía el puesto. Quería despedir a Felipe pero antes quería hundirlo y amargarlo. Hubiese sido más sencilla esa solución.

El presidente de la entidad y el joven, convocaron a Felipe al despacho del primero. La charla fue rápida. Felipe no respondió y trato de mantener la calma. Todo lo que le ordenaban estaba encaminado a joderle la vida. El horario para Felipe ya no sería el de siempre. Ahora tenía que ir cuatro horas por la mañana y  durante dos meses tenía que realizar un estudio para el joven directivo una vez se cerrasen las oficinas. No podía decir que no o sería despedido inmediatamente.

Salió camino de su casa en la moto. Ya no era él. Aquellas personas estaban jugando con su vida  y no podía permitirlo. Ese fue el día que decidió que una cucaracha solo molesta si no la matas.

         Perdió la razón, pero su inteligencia y capacidad comenzó a funcionar como si de un ordenador se tratase. El baile solo había sido el detonante. Felipe no quería ni pensaba vivir de rodillas. Continuó retirando fondos a la vez que preparaba todo para su venganza. Las horas en soledad, sin nadie en la oficina facilitaron más aun sus planes. Estudió los fallos estructurales del edificio y no tardó mucho en tener claro cómo proceder para que se viniese abajo. Fue un mes de trabajo intensivo.

En la academia de baile le echaban de menos. Era uno de los habituales y la gente  le apreciaba. Ayudaba en las clases de principiantes y todos añoraban sus discusiones con María Jesús  cuando bailaban juntos. Recibió la llamada de sus amigos, pero se limitó a decirles que era una cuestión de trabajo y que pronto regresaría. Tenía un compañero que era escritor y no quería que le hiciese un relato. Si quería salir indemne de lo que pensaba hacer nadie tenía que saber nada. Ni siquiera María Jesús.

***

         Era el día y lo tenía todo preparado. Solo había necesitado situar tres cargas. Ese edificio se desharía como mantequilla. Por la mañana llegó aún más temprano y retiró, por última vez, dinero de la caja y lo bajó al coche. Se había hecho con más de un millón y medio de euros en total.

Hasta que llegó la hora trabajó con total normalidad. En su despacho tenía los temporizadores que era lo último que tenía que poner para que nadie sospechase. Nadie  noto nada raro en su actitud.  A las dos y media se fue al despacho del joven directivo. Aún tenía que decirle dos o tres cositas antes de irse de allí. No pensaba quedarse con las ganas de humillar de nuevo a ese estúpido prepotente.

— ¿Se puede?— preguntó en el quicio de la puerta.

— Adelante— Era la primera vez que Felipe acudía a su despacho y le extraño.

— Borja. El trabajo que me encomendaste esta realizado. El informe está en mi despacho. No me voy a quedar a explicártelo. Espero que el lunes tengas mi despido organizado para que pueda cobrar el paro— Miraba fijamente a su jefe. El hombre sintió que le estaba amenazando pero no llegaba a entender cómo.

— Pero, Señor Rodríguez. ¿Quién ha hablado de despido?— No supo porque pero respondió con ironía. Comenzaba a pensar que por fin había vencido a ese hombre.

— Mira Borja. Si quieres me llamas tonto, pero que me llames gilipollas no te lo consiento. Solo puedo decirte que el placer de no volver a ver tu cara es más que suficiente— En ese momento no le odiaba, solo sentía pena por él. No podía saber que no saldría  con vida de ese edificio— Te recuerdo que dos no discuten si uno no quiere— Se dió la vuelta y no le dejo contestar. Salió del despacho con una sonrisa en la boca.

Borja supo que el empleado tramaba algo y se quedo preocupado. No podía saber que su empleado, en aquellas horas fuera del horario de oficina, había dispuesto pruebas para que él apareciese como  único responsable de la desaparición de millones de euros y del derrumbe del edificio, completando así su venganza.

Felipe fue a su despacho. Cogió los temporizadores y se encaminó a los lugares donde había puesto las cargas. Una vez puso el último detonador, regresó a su despacho. Activó la explosión y se dirigió al vehículo. En el momento en el  que entraba en el parking todo se volvió caos. Todo tembló al compás de las tres explosiones sincronizadas. Al ver a las dos mujeres, trató de protegerlas. El estruendo del edificio al caer era algo insoportable. Todo alrededor de ellos comenzó a derrumbarse. Se tiraron al suelo. Felipe supo que iba a morir.

No entendía como había pasado. La explosión estaba programada para veinte minutos más tarde. Algunos  cascotes le golpearon y sintió  dolor. El aire era irrespirable. Una de las dos mujeres le  agarró de la mano y le introdujo en su coche. Todo duro unos segundos pero parecían haber pasado horas. Su plan había sido un éxito salvo por el hecho de que estaba enterrado vivo.

Entre los escombros sus enemigos habían muerto y ya nunca más volverían a humillarle. Pero cuando vió al hombre en el suelo y a las dos mujeres a su lado supo que se había equivocado. Tuvieron que reaccionar rápido porque una de las dos mujeres estaba semienterrada entre  las ruinas del edificio. Fue complicado desenterrarla de debajo de los cascotes y la pobre mujer había quedado malherida.

***

         Después de todas esas horas sin atención médica, la mujer  había perdido el conocimiento y, Felipe, no era capaz de reanimarla. Pero él solo pensaba en su mujer. No le había dicho donde escondía el dinero. Esperaba que algún día, de casualidad, lo encontraran en la casa de Guadarrama, donde pasaban los veranos.

La otra mujer estaba con el hombre dentro del coche y ambos parecían dormir. No  quedaba aire, el comenzaba a sentirse extraño. Sus pulmones, a causa del polvo, no tenían capacidad para coger el poco oxígeno que quedaba en ese parking. Forzó la ventana de otro coche y se metió dentro. Por un momento sintió dolor al sentir como le entraba el oxigeno del interior del vehículo. Su mente voló a la pista de baile y comenzó a escuchar un Pericon que era uno de los bailes que le gustaba bailar con su mujer y se dejo llevar.

Vio una luz y sintió que la vida se le iba. Una lágrima rodó por sus mejillas y supo que su carácter le había traicionado y lo que había hecho era irracional. Él era un buen hombre y aquello había sido una locura. Su mente le estaba traicionando de nuevo porque aquella luz eran los equipos de rescate que por fin llegaban hasta ellos.

***

Dos meses después

         La policía le había interrogado un par de veces. Se sentía culpable pero supo mantener la calma. Lo que hizo que no se preocupase era que las preguntas eran sobre Borja De Quiros y Montealto. El directivo fallecido en el derrumbe había robado más de veinte millones de euros.

Todas las pruebas, incluidas las grabaciones, le incriminaban. Pese a alguna protesta inicial de algunos grupos políticos, poco tiempo después todos se cebaron en el prestigio de ese hombre que estaba de mierda hasta las narices. Al final casi todo había salido bien y nadie sospecharía de ese empleado que debido al trauma causado por la situación vivida se había prejubilado.

Esa mañana la policía le recogió en su casa y le llevó a kilometro cero. Después de dos horas de entrevistas le informaron de que no sería necesario que volviese a declarar. Por fin tenían la historia completa y aquellos cinco hombres que  habían dirigido la entidad eran los únicos responsables del desfalco y del derrumbe del edificio.

Se disponía a marcharse cuando le comunicaron que todavía quedaba un pequeño trámite. Felipe pensó que podía ser una trampa y que le habían pillado. Un oficial le montó en el coche policial y le llevó al depósito de vehículos de la policía. Allí estaba su coche, totalmente destrozado.

— Perdone, señor Rodríguez. El auto es irrecuperable. Si quiere coger algún efecto personal hágalo ahora antes de que lo desguacen.

Felipe salió del depósito con la bolsa con el dinero y algún documento que recuperó de la guantera, dispuesto a pasar el resto de su vida bailando con su mujer.