Dos no discuten si uno no quiere
27 agosto, 2015
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Dunia

No entendía nada. El dolor era intenso en el abdomen. ¿Qué pasaba? Su mente aún estaba confusa. ¿Qué había pasado? Notaba su pelo mojado y un reguero húmedo resbalaba por su frente. Le dolió la mano al intentar tocarse, pero a pesar de eso lo hizo. Era sangre lo que corría por su cara. Se asustó. Su mirada comenzaba a aclararse. Estaba en el viejo Renault 5 de enésima mano. Estaba atrapada y el cinturón de seguridad la sujetaba.

Nadia (Dunia) solo tenía ocho años y su vida solo había conocido el dolor y la huida. No era de donde vivía, pero tampoco recordaba la tierra de sus padres, ni el viaje agónico huyendo de una miseria que les esperaba con los brazos abiertos allí donde se dirigían. Había pasado una vida de aquello.

Miró a su izquierda y la vio. Su madre estaba como ella. Aprisionada por el cinturón y colgando del asiento. Nadia (Dunia) la llamó, pero su madre no respondía. Tenía los ojos abiertos y la expresión era de miedo, de sorpresa. Dunia vio la sangre en la cara y supo que algo no marchaba bien. Se esforzó, trató de recordar. Algo estaba roto en su interior, lo sabía.

  • ¡Mamá! —gritó desesperada.

El silencio y una punzada de dolor en su brazo derecho fueron la única respuesta que obtuvo antes de perder de nuevo el conocimiento.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero al despertar recordó todo. El concepto muerte lo conocía desde bebé y las lagrimas (lágrimas) mojaron su mejilla, arrastrando la sangre que manchaba su cara. Ahora su mente recordó todo. Pero primero necesitaba llorar a Yaiza, su madre. Aquella última huida sólo había servido para que su destino fuese la muerte.

El frío de la noche agravaba su estado. Nadie acudía y gritó. El afán por sobrevivir era más fuerte que el deseo por dejarse llevar. Sus ocho años  sólo recordaban dolor, odio, miedo e incomprensión.

El dolor de las palizas que Souffiane propinaba a su madre, ella y sus dos hermanos. Odio el que pudo sentir desde niña, al vivir en un país donde ser de una religión diferente era un delito que se pagaba con la muerte y el desprecio de los vecinos. Miedo ante un viaje a un paraíso prometido que sólo resultó ser un país donde aún los despreciaban más. A una Europa que sólo era una imagen en un televisor y un lugar donde les prometieron que serían libres y felices, pero donde el odio aumentó, donde el miedo fue aún más intenso, donde el dolor era sólo un condimento de la vida en un piso destartalado y donde nadie de la familia se sentía feliz.

Habían llegado a España hacía cinco años, después de un viaje de más de seis meses, donde su padre se había dejado el dinero de la familia pagando a las mafias para que les llevasen a un lugar seguro donde nadie les odiase, pero pese a que algunas personas fueron buenas con ellos la mayoría les trataba como aquellos que les odiaban en su tierra.

A los dos años la lucha por la supervivencia y la frustración hizo que el amor que unía a Souffian y Yaiza se fuese resquebrajando. El odio se instaló en el alma de su padre y la convivencia se fue volviendo cada día más difícil. Aún recordaba la noche que por primera vez el hombre levantó la mano a su mujer. Los niños no se atrevían a hablar. La paz llegó cuando él se acostó y el silencio se apoderó de la casa. Un silencio acompañado por los sollozos de Yaiza, que aquella noche durmió con Dunia. Ella sólo pudo besar las lágrimas de su madre y rezar con ella por un futuro mejor.

Pero eso no pasó, aquellos años sólo hicieron que empeorar la situación. Los gritos, hambre, insultos y golpes se apoderaron de sus vidas. Pocos momentos felices vivieron y Dunia cada vez era una niña más triste.

Ahora recordó todo. Su vida se fugaba triste y al lado del cadáver de su madre. Aquella tarde todo parecía marchar bien y nada auguraba la explosión de odio que surgió. Yaiza sólo dijo que Manuel les prestaría el dinero para poder comprar los libros de texto para Dunia y eso fue la llama que incendió el polvorín. Jamás les había golpeado así.

Dunia pensó que su padre iba a matar a su madre, cogió una cacerola y le golpeó en la cabeza. Al caer se dio de nuevo contra el suelo  y se quedó sin conocimiento. Yaiza estaba malherida y casi no podía moverse, pero era su oportunidad. La niña cogió las llaves del coche y obligó a su madre a reaccionar.

Pero esa huida estaba condenada al fracaso. Ahora vio, como si fuese en ese instante, cómo Yaiza perdió el conocimiento al volante y cómo salieron despedidas por un pequeño desnivel, y ya no pudo recordar más. Sólo se acordó de sus dos hermanos y cogió la mano de su madre antes de que el alma se escapase de su ser.

Al día siguiente, en los periódicos y las televisiones se habló de la muerte de Yaiza y Dunia dentro de los miles de casos de violencia doméstica que ocurren en el mundo. Souffiane, al recibir la noticia se quitó la vida como hacen casi todos los cobardes y el odio se cobró tres víctimas, a la espera de hacerse con los otros dos hermanos de Dunia.